sábado, 19 de febrero de 2011

El sombrero mágico


El amor de un padre hacia un hijo se manifiesta más allá de todo

Esta es la historia de un sombrero mágico, o mejor debería decir, es la historia de un padre y un hijo.

Jaime había nacido en un hogar muy pobre. Sus padres eran campesinos y, por más que trabajaban día y noche sin descanso, a veces, no podían proveer a sus hijos de lo mínimo indispensable. Desde pequeño, Jaime quería ser músico y tocar el violín. Soñaba con tocar en grandes orquestas y ser famoso. Este sueño parecía imposible de alcanzar, pero Jaime no se daba por vencido. Todos los días, caminaba dos horas hasta el pueblo para ver a Don Mario, un anciano coleccionista de antigüedades que le prestaba su viejo violín para que aprendiese a tocarlo. No había lluvia, frío o calor que detuviesen al joven y sus ganas de practicar el violín. Todas las tardes –puntualmente– se presentaba en el negocio de Don Mario para recibir feliz las clases que éste le brindaba. Fue así que aprendió a tocar muy bien el instrumento. Don Mario, quien se había encariñado mucho con el joven, un día le anunció: –Este violín es más tuyo que mío ahora, ya no me pertenece. Sólo, en tus manos, cobra vida, te lo regalo.
Era tanta la emoción que Jaime sentía, que el violín temblaba en sus manos, y no pudo expresar nada. El anciano continúo: –He visto tu esfuerzo desde pequeño y tu gran sacrificio por lograr tu sueño. Esta es mi humilde ayuda para que puedas lograrlo.
Jaime agradeció a su amigo tan generoso regalo y corrió a su hogar a contarles a sus padres. Mientras corría pensó que, teniendo ya su propio violín, podía tocar en las calles del pueblo a cambio de algunas monedas. De esa forma, podría ayudar a su familia. Sus padres se alegraron mucho cuando Jaime les mostró su violín, que, si bien viejo, era nuevo en su hogar ahora. Les contó acerca de su idea. –Hijo querido –dijo su padre un poco triste–, ya quisiera yo que no tuvieras que hacer esto, pero es tanta la necesidad que hay en este hogar, que mucho agradezco tu ayuda. Te daré un sombrero mío, el único de toda mi vida, tal vez, te traiga suerte y con él puedas juntar muchas monedas. Luego agregó: –Siempre te ayudaré, hijo, de la manera que pueda, siempre estaré contigo, no lo olvides. Te amo con todo mi corazón y créeme, de un modo u otro, siempre estaré presente para ti.
El muchacho iba todos los días al pueblo con su violín y el sombrero de su padre. Era un sombrero muy gastado y que conservaba una pluma de color blanco en el costado izquierdo. Curiosamente, la pluma siempre estaba limpia, y el tiempo no la había deteriorado, lucía sedosa y llamaba la atención de la gente.
No era demasiado el dinero que Jaime recaudaba tocando el violín, pero, por poco que fuese, era muy bienvenido en su humilde hogar. Pasó el tiempo, y su padre enfermó. Ya anciano, murió tomando las manos de su hijo y repitiendo: “de un modo u otro, siempre estaré contigo”.
Siendo ahora el sostén del hogar, el muchacho redobló sus esfuerzos para mantener a su familia y decidió visitar pueblos vecinos, y, así, juntar más dinero. Un día de tormenta, a Jaime se le voló el viejo sombrero y desapareció. Desesperado, el joven buscó por todo el pueblo, pero resultó inútil. Desconsolado, se sentó a llorar en el camino. Pasó la tarde abrazado a su violín, hasta que un caminante se detuvo frente a él. –Pareces realmente muy triste, muchacho, ¿qué te ha ocurrido? Jaime le contó acerca del sombrero que su padre, con tanto amor, le había regalado y que lo había perdido para siempre, también le contó acerca de la pobreza de su familia y de cómo se ganaba la vida para contribuir con su hogar. El caminante era una persona extraña, parecía no tener una edad definida, su voz daba la impresión de provenir de otro lugar. Era alto, delgado y llevaba puesto un sombrero muy distinto del que había extraviado el muchacho. Parado frente a él y con una gran sonrisa, se sacó el sombrero y se lo entregó al joven. –Toma, es tuyo, úsalo del mismo modo que usabas el que te regaló tu padre –explicó el forastero.
El joven no sabía qué decir, seguía abrazado a su violín miró al hombre y le contestó: –No puedo aceptarlo, usted no me conoce, ¿por qué habría de ayudarme?
–Hay preguntas que no tienen respuesta, algún día, lo entenderás –respondió el caminante y, apoyando el sombrero en sus manos, se alejó.
Jaime tomó el sombrero y supo que era hora de dejar de llorar y trabajar por su familia. Como todos los días, fue a la plaza del pueblo elegido. Tocó como siempre, y no fueron demasiadas las personas que dejaron sus monedas. Al final de la jornada, el joven se dispuso a contar el dinero y, para su sorpresa, era tres veces más de lo que él había podido calcular. Desconcertado, creyó que se trataba de un error. Cada día, ocurría lo mismo, la gente depositaba sus monedas, y éstas, dentro del sombrero, triplicaban su valor. Ni Jaime, ni su familia podían dar una explicación a lo que sucedía, pero así era.
El joven buscó al misterioso caminante para preguntarle acerca del sobrero, pero fue en vano. En un año, fue tal la cantidad de dinero que Jaime ganó, que pudo comprarle una casita a su madre y, por primera vez, nadie padecía hambre, ni penurias económicas. El muchacho estaba contento, hacía lo que más amaba en el mundo y había logrado darle a su familia un bienestar que jamás habían soñado. A menudo, pensaba en su amado padre y en lo feliz que estaría si pudiese ver cómo vivían ahora.
Cierto era que no había conseguido ser famoso, ni ofrecer conciertos, pero la gratificación que sentía haciendo felices a los suyos, superaba cualquier cosa que hubiese podido desear. De todas maneras, no dejaba de pensar en lo extraño del sombrero y cómo podía ocurrir lo que ocurría con las monedas que allí caían. Una noche, regresando a su hogar, se desató una tormenta similar a la que le había hecho volar el sombrero de su padre. Jaime se guareció bajo el techo de una vivienda. Se sentó en el umbral a esperar que la tormenta pasara, esta vez, abrazando el violín y a su nuevo sombrero. Mientras esperaba, pensó en su padre una vez más. Al levantar la vista y como traído por la lluvia y el vendaval, encontró al caminante. Sonreía de la misma manera que lo había hecho ese primer día. Antes que el muchacho articulara palabra alguna, el caminante extendió la mano y, entregándole la pluma blanca del sombrero de su padre, le dijo: –Esto también es tuyo, olvidé dártelo el día que nos conocimos.
Como había llegado, se fue, sin dejar rastro alguno de su presencia, excepto la pluma blanca e intacta en las manos temblorosas del joven. Sentado bajo la lluvia, abrazando el sombrero y el violín, y con la pluma aferrada en su mano, recordó las palabras de su padre y recién allí entendió todo: “Te amo con todo mi corazón y créeme, de un modo u otro, siempre estaré presente para ti”.

jueves, 3 de febrero de 2011

El secreto de Juan


La fe no sólo mueve montañas…
El Remanso era un pueblo pequeño y alejado de la ciudad. No tenía muchos habitantes, y menos aún riquezas. Quienes allí vivían eran personas humildes que trabajaban la tierra. Sus vidas transcurrían medianamente tranquilas, excepto en las épocas de grandes lluvias, donde todo parecía volverse un gran caos.

Ese año, la época de inundaciones fue peor que lo acostumbrado. Llovía sin parar, por lo que el río crecía más de lo que el pueblo podía resistir. Mucha gente perdió su casa, algunos enfermaron, otros tuvieron que sacrificar sus animales, nadie podía estar feliz, y realmente nadie lo estaba.

Sin embargo, Juan nunca había perdido su sonrisa, ni en los catastróficos días, donde parecía que el viento y el agua se ensañaban con El Remanso, cosa que, en el pueblo, nadie terminaba de entender.

Juan nunca bajaba los brazos, siempre tenía una palabra de aliento para todos. No era que a él le fuese mejor que a los demás, también sus tierras estaban perjudicadas por el agua, pero, de alguna manera, se las arreglaba para seguir sonriendo.

–¡Es un insensible! –opinaban unos. –Ha de estar loco para sonreír sin motivos –comentaban otros. –Algo oculta para sonreír tanto, hay algo que no nos cuenta, algo que nos está escondiendo a todos –suponían algunos.

Así fue que se instaló en el pueblo el rumor acerca del secreto de Juan. Los rumores crecen rápido en los pueblos, y la gente suele creerlos fácilmente. No se detienen a pensar si puede ser cierto o no.

Juan era un hombre solitario que vivía rodeado de animales de granja y mascotas. Era humilde, y su vivienda también lo era. Nadie la conocía, pues nadie había querido entrar en esa pequeña casa donde, para muchos, se guardaba el gran secreto. Cuando la gente se quejaba porque llovía mucho, Juan contestaba: –Va a parar, no se preocupe, ya va a parar.

Afirmaba, con una seguridad que nadie podía comprender, que dejaría de llover o que la cosecha no se arruinaría por completo, que las personas mejorarían de las enfermedades que provocaban las inundaciones; todo parecía tener solución para él.

–¿Cómo hace para saber que no moriremos ahogados? –se quejaban algunos. –Ni que tuviera la bola de cristal y pudiese adivinar el futuro, –conjeturaban otros. –Algo tiene en su casa que hace que sepa estas cosas y que hable con la seguridad que habla. Por algo sonríe siempre, porque conoce qué va a pasar y por eso no se preocupa anticipadamente. Hay algo escondido allí que le da el poder de sonreír pase lo que pase –agregó otro.

Nadie se preocupó en preguntarle a Juan por qué siempre veía las cosas en forma más positiva que los demás, por qué no dejaba de luchar, por qué no se quejaba. Fue más fácil creer que tenía algo oculto en la casa que le otorgaba esa especie de poder.

Unos pocos, tan sólo unos pocos, imaginaban que Juan tenía algo especial, pero no escondido, sino dentro de sí que no es lo mismo, y ya veremos que tan equivocados no estaban.

Mientras tanto, Juan seguía luchando, curaba a sus animales, animaba a la gente, rescataba todo lo que podía de lo que había cosechado, protegía el resto. Trabajaba intensamente todo el día, pero jamás faltaba un consuelo, una palabra bonita, y, por supuesto, tampoco su sonrisa.

Las lluvias no cesaban, la situación era muy complicada, y todos estaban desesperados. Cansados ya de ver que Juan no cambiaba su actitud, decidieron entrar en su casa para ver qué escondía, qué era aquello que le daba el poder de pensar siempre bien, de seguir adelante, de no dejar de sonreír.

Esperaron que hiciera su paseo acostumbrado a la orilla del río, porque, aunque lloviese a cántaros, Juan lo hacía igual, y entraron en su humilde vivienda a revisar hasta el último de los rincones. Esperaban encontrar una pócima mágica, algún elixir, algún elemento de brujería, pero nada hallaron.

Por más que buscaron y buscaron, nada encontraron. Desilusionados y más desorientados aún, salieron de la casa, preguntándose entonces cuál era el secreto y dónde estaba. Ese día, Juan regresó antes de lo acostumbrado de su paseo, por lo que llegó justo cuando sus vecinos abandonaban su casa. No preguntó nada. Avergonzados, los hombres trataron de dar cuanta excusa se les ocurrió para la visita sin aviso. Hablaban todos al mismo tiempo, con idéntica vergüenza y nerviosismo. Ninguno se animaba a decir la verdad. Juan escuchaba, pero no entendía. Sonriendo como siempre, esta vez sí preguntó: –¿Buscaban algo? ¿En qué los puedo ayudar? Finalmente, uno de los vecinos se animó y le confesó toda la verdad: que nadie entendía cómo jamás bajaba los brazos y que no dejaba de sonreír, aunque las cosas no estuviesen bien. Agregó que todos, o casi todos, en el pueblo, estaban desconcertados con su actitud y que ellos creían que algo escondía en su casa que lo hacía ser como era. –Lo que buscaron –explicó Juan– no se encuentra arriba de un estante, sobre una mesa o guardado en un ropero.

Todos escucharon con atención, esperando que revelara en qué lugar recóndito de la casa había escondido el gran secreto. –Han buscado algo que llevo dentro de mí, algo que no tiene forma, ni color, pero que tiene una fuerza muchísimo más grande que la que ustedes puedan imaginar. Cansados de no entender, volvieron a preguntar cuál era el secreto que tan atesorado guardaba Juan. –No guardo ningún secreto –declaró muy tranquilo Juan –lo que tengo dentro de mí pueden tenerlo todos, sólo hay que sentirlo. –¿De qué se trata entonces? – preguntó uno de los vecinos casi enfurecido. –De fe, de eso se trata, ni más ni menos que de tener fe.

Todos lo escuchaban sin entender demasiado, pero con un creciente interés. –La fe es la que nos hace creer que todo se puede, incluso aquellas cosas que parecen imposibles. La fe nos hace fuertes, alegres, nos permite sonreír en medio de los problemas, con la seguridad de que pronto se solucionarán. La fe nos sostiene y hace nuestra vida mejor, sea cual sea la vida que nos ha tocado vivir.

–Con razón… –balbuceó uno– la sonrisa… Juan prosiguió: –La fe es imprescindible para vivir mejor, porque, a través de ella, creemos, crecemos, no nos dejamos abatir por los problemas, los enfrentamos con valentía y, si se puede, con alegría también.

–Ese era el secreto… –exclamó otro vecino tomándose la cabeza. –Secreto ninguno –corrigió Juan–, en todo caso, un tesoro y de los más valiosos. No siempre es fácil transmitir la fe a los demás, pues es algo que se siente muy dentro del corazón, pero digamos que se puede contagiar.

El ejemplo de Juan enseñó a muchos y, en las siguientes inundaciones, todos se veían igual de empapados y agotados, pero más de uno tenía una hermosa sonrisa para estrenar en su cara.

por Liana Castello
Escritora
castelloliana@gmail.com