Uno de los caminos que la Iglesia nos propone para vivir más intensamente la Cuaresma, es el de la oración. En este tiempo propicio para la conversión, se nos invita a considerar aún más su valor, reflexionar sobre la calidad de nuestra oración, renovarla y aumentar su frecuencia.
Vale preguntarnos, entonces, qué lugar está ocupando la oración en nuestra vida. Si hoy por hoy, nuestra oración es esporádica o frecuente. Si se limita solo a “pedir” a Dios su asistencia únicamente en casos de necesidad, o si, por el contrario, y de manera constante, también expresa nuestra alabanza agradecida al Señor de la Vida.
Para respondernos a estos interrogantes y otros que pudieran surgir de nuestra reflexión personal y comunitaria, les comparto el siguiente relato:
“Regresaba un campesino a la casa con su carreta, cuando, de repente, se le salió una rueda.
Como llegó la hora de hacer sus oraciones y aún no había superado el problema, el campesino abandonó la reparación de la rueda y se dispuso a rezar. Para su sorpresa, descubrió que había dejado olvidado en su casa el libro de oraciones y, como tenía muy mala memoria, decidió rezar del siguiente modo:
—Señor, como no traje el libro de oraciones, voy a recitar varias veces el alfabeto y tú formas con mis letras las palabras que más te gusten, de modo que te digas a ti mismo las cosas que quieras, cosas que yo sería incapaz de decirte pues soy un hombre torpe y necio—.
Cuando el campesino concluyó, el Señor dijo a uno de los ángeles que lo acompañaban:
—De todas las oraciones que he escuchado hoy, esta ha sido sin duda la mejor, pues ha brotado de un corazón sencillo y sincero—”.
por Jorge A. Blanco
Departamento de Audiovisuales Editorial SAN PABLO
audiovisuales@san-pablo.com.ar
No hay comentarios:
Publicar un comentario