
Educar educamos todos
Bien sostiene el refrán “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Nos atenemos bastante a ese dictamen, al afirmar que padecemos una sociedad con falta de valores cuando, a última instancia o tal vez a primera, somos responsables de aquello que criticamos.
Una de las causas principales de las enfermedades psíquicas se atribuye a la falta de códigos comunes, que llevan a las personas a no poder vincularse positivamente.
No hay teórico de la educación que no se dedique a escribir sobre la necesidad de educar en valores, a fin de operar cambios que promuevan una sociedad en la cual el otro sea el prójimo para tener en cuenta.
La familia está en crisis o, mejor dicho, el patrón tradicional de familia. Nuevos arquetipos aparecen en el horizonte, y, entre los principios, los valores no ocupan un lugar privilegiado. Hoy en día, prevalece el “tener” sobre el “ser”. No se promueve una vida feliz, sino una vida cómoda aunque carezca de sentido.
No cabe duda de que los padres son los primeros que deben inculcar valores a los niños. La ausencia de disciplina y de autoridad en los hogares se traslada a una ausencia de autoridad y de respeto en la escuela. Los niños y jóvenes repiten conductas aprendidas y copiadas. En esto incide, también, una serie de variables sociales que van desde modelos, más que violentos, que fomentan tanto los medios televisivos como los gráficos, hasta la aplicación y el acatamiento, con una cierta liviandad, de las pautas y criterios que garantizan una sana convivencia.
No peco de original, al repetir, una vez más, que el tema primordial para abordar es la educación en valores. Hasta ahora, solo existen “francotiradores” atentos a entregar algo con la intención de resolver, desde la práctica, esta coyuntura actual donde, por la desaparición de valores, irrumpen la zozobra y el desconcierto. De ahí la necesidad y la urgencia mayor para generar una trasformación que permita que valores como la tolerancia, el respeto y la solidaridad, entre otros, recobren su importancia.
Vivimos tiempos de una doble moral. Los límites están desdibujados en pos de una creencia que habilita a cada cual a hacer lo que desea, sin considerar a quien lo rodea. Muchos son los que buscan excusas y justificaciones de sus actos autodesignándose honestos consigo mismos y con los demás. Sin embargo, la honestidad es una sola. A veces, las pretextos solo sirven para apalear la angustia que la deshonestidad produce.
Se confunde venganza con justicia, siendo el perdón el gran valor olvidado. La revancha siempre deja un sabor amargo por más que se la quiera endulzar con la consabida sentencia “el que las hace las paga”.
La búsqueda del placer personal hace que se sobreestime la autosatisfacción; lo cual no significa que mejore su autoestima. Solo coloca una cortina de humo ante sus carencias sociales.
Por otro lado, ya no vale echar la culpa de la escasez de valores al hecho de que vivimos en un mundo sumergido en profundas crisis económicas, políticas y financieras. A lo sumo, habría que determinar cuál es el impacto ejercido en cada nivel social.
Se deben rediseñar nuevas metodologías para educar a los niños y jóvenes en valores, y, de esta forma, lograr una sociedad más sana. Una comunicación efectiva y fluida son las herramientas esenciales para que renazcan los valores que cada ser humano guarda en sí por naturaleza. Alguien afirmó: “Para educar en valores, hay que tener valor”. Gran verdad.
El teólogo anglicano John Wesley propone: “Haz todo el bien que puedas; por todo los medios que puedas; de todas las maneras que puedas; en todos los lugares que puedas; tantas veces como puedas; a todas las personas que puedas, por todo el tiempo que puedas”.
No son tiempos de mirar al costado o hacer la “vista gorda”. De cada uno depende, desde su lugar, la transformación para evitar la decadencia en la que estamos cayendo. Los padres en el hogar, los docentes en la escuela, los religiosos en las parroquias, los políticos en el gobierno, y todos los ciudadanos debemos dar testimonio de esta recuperación de los valores para que nuestros niños y jóvenes no convivan con la incoherencia del “haz lo que yo digo, pero no lo que yo haga”.
por Joaquín Rocha - Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
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